jueves, 14 de abril de 2016

Expresión en arquitectura e identidad territorial

¨La necesidad de una expresión monumental en arte y arquitectura ha existido y se ha resuelto siempre en todas las civilizaciones¨
Sigfried Giedion

Ahora que Habitat III de alguna manera  está sirviendo para despertar el debate sobre ciertos temas, aunque sea solamente en reducidos círculos que se interesan por el urbanismo y el futuro de la ciudad en el Ecuador,  para comprender ciertos hitos históricos y conceptuales que debieran influir a su vez en la pautas que dan carácter a una obra arquitectónica o que configuran un espacio público o emblemático, es justo y necesario aprovechar el momento para  lanzar una crítica al historicismo eurocentrista arquitectónico.  

Empezaremos por el contexto histórico en que vivimos: la Constitución Ecuatoriana del 2008 estrena un concepto totalmente innovador en la legislación mundial, al plantear los derechos de la Naturaleza. Otro principio incorporado a la C.2008 tiene que ver con el derecho al disfrute pleno de la ciudad. Si bien, se puede deducir que  Brundtland influyó determinantemente en la concepción de sostenibilidad, el sumak kawsay o buen vivir ha tratado de ser la conexión intercultural con este concepto, basado en la mentalidad andina y en su relación no agresiva con el entorno.

Sin embargo, desde la gestación del enunciado hasta su materialización y plasmación, pueden suceder muchas décadas, y más cuando las instituciones académicas aparecen yertas en su capacidad de analizar las contradicciones de las propuestas arquitectónicas y urbanísticas que incluso están vinculadas a espacios de la memoria histórica y social.

Y visto desde la historia de la mentalidad, el Teatro Bolívar y la Casona Universitaria responden a un estilo neoclásico aún entendible en el contexto del ¨Estado Homogenizante¨ de la época en el que se los construyó, que en este caso sucede desde la segunda década del siglo XX.

Se sabe a través del estudio de la historia que el neo-romano y el neo-griego servían para enaltecer la figura del emperador, y siendo así ¿qué sentido tendría en plena vigencia del estado intercultural replicar valores estéticos de otro momento cultural e histórico, tan lejano a nuestras pertenencias identitarias?

Este tipo de propuestas historicistas y eurocentristas en el caso del Patrimonio Universitario (limitadas, pues no se centran siquiera en el sistema constructivo tradicional u objeto de patrimonialización de este inmueble) encubren serias falencias conceptuales en el plano de la historia y teoría de la arquitectura, para un contexto que nos exige dejar el concepto de ¨cultura¨ como una apología a las bellas artes o al concepto tyloriano.

El hecho de nombrar ¨Plaza de la Cultura¨ a una reminiscencia historicista centrada en la matriz europea de la cultura renacentista, pone de manifiesto el desconocimiento total de la composición cultural y étnica diversa existente en el país; es decir, existe continuismo en la negación a la necesidad de hablar de culturas en plural y de lo intercultural, de buscar una expresividad arquitectónica en los elementos  y características del territorio, y en los criterios de  sostenibilidad.

Por ello, esta crítica pretende indicar que las obras arquitectónicas en espacios patrimoniales, e incluso su intervención de transgresión en este caso, sigue gestándose desde el esquema del colonizar el imaginario y negar la posibilidad de participación ciudadana en la toma de decisiones de la planificación urbana, así como mantener sesgos culturales históricamente ligados a la concepción eurocéntrica del mundo… ¿Cuándo es que nuestra arquitectura contemporánea alcanzará una expresividad propia y cuándo dejaremos los moldes e implantes culturales que hacen que sesguemos el espacio público y que invisibilicemos nuestra diversidad en los espacios proyectados en nuestra propia ciudad?


Redacción DirCom, abril 2016
RVV/.